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La máquina de Influir

La Máquina de Influir concibe la subjetividad no como un origen autónomo, sino como el resultado de un entramado sistémico de fuerzas que operan desde la infancia y se prolongan a lo largo de la vida social. El yo no se construye en aislamiento, sino en un campo de influencias donde familia, educación, estructuras económicas, imaginarios de éxito, política y capitalismo cognitivo participan activamente en su configuración.

Los retratos mitad niño, mitad adulto sitúan el origen de este proceso en los primeros años de vida, un periodo decisivo en la formación de la personalidad y de los marcos psíquicos desde los cuales el individuo aprenderá a percibirse, a desear y a actuar. La infancia no aparece aquí como territorio nostálgico, sino como archivo estructural, "El lugar donde se inscriben patrones emocionales, narrativas de valor y mecanismos de adaptación que luego serán reactivados en la adultez".

A medida que el individuo se desplaza del centro íntimo hacia el entramado social, esos aprendizajes tempranos entran en diálogo y en ocasiones en conflicto con sistemas más amplios de poder. Algunos sujetos no solo son moldeados por la máquina, sino que llegan a encarnarla, convirtiéndose en figuras capaces de producir y dirigir subjetividad a gran escala. El poder no se presenta como anomalía individual, sino como continuidad, "La máquina se reproduce cuando quienes fueron formados por ella pasan a operar como sus símbolos activos".

Sin embargo, esta continuidad encuentra un punto de fractura en nuestro acontecimiento histórico y surge "El conflicto". En la Serie la Emoción No resuelta el conflicto en Ucrania introduce una dimensión donde la estructura deja de ser teoría y se convierte en violencia concreta. La serie presenta los retratos de los presidentes involucrados representados en su doble condición niño-adulto, desplazando la reflexión hacia nuestra dimensión global contemporánea. La pregunta ya no es únicamente cómo se forma el yo, sino cómo esas formaciones psíquicas se despliegan y participan en decisiones que mueven millones de vidas.

Aquí, la infancia reaparece no como explicación reductiva, sino como interrogante incómodo: ¿qué narrativas, qué imaginarios de nación, poder o amenaza se inscriben tempranamente y reaparecen amplificados en el ejercicio del poder político? La guerra revela la tensión entre lo psíquico y lo estructural. La subjetividad individual, lejos de disolverse en el sistema, se convierte en uno de sus vectores más determinantes.

Desde una perspectiva psicopolítica, la serie pone en evidencia cómo los liderazgos contemporáneos operan dentro de un entramado de símbolos, discursos y memorias que exceden la voluntad personal.

 

Técnicamente el hiperrealismo funciona como estrategia ambigua: seduce desde la precisión técnica, pero introduce una inquietud latente. La pulcritud visual no busca neutralidad; reproduce el lenguaje del propio sistema que representa. La incomodidad emerge en la fisura entre la imagen impecable y la pregunta que la atraviesa.

La continuidad, entonces, no es cerrada ni determinista. La infancia es origen, pero también potencia y ambivalencia. No hay una condena explícita ni una absolución implícita. La pintura no ofrece soluciones ni redenciones; expone la arquitectura que articula deseo, ambición, miedo y autoridad. Frente al conflicto, la obra no explica: confronta.

La pregunta permanece abierta:
¿La infancia nos determina?
Y si lo hace, ¿cómo se transforma esa determinación cuando el sujeto ocupa una posición desde la cual puede moldear el destino colectivo?

La respuesta no está en la imagen, sino en la experiencia de quien la observa y es en ese espacio de tensión donde la obra se completa.

 © 2026 Creado por Bertha Montalvo

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